La había visto por primera vez hacía dos noches, en la pared arriba de la puerta. Estuvo una hora a mi alcance ahí, quieta, y yo no me atreví a dar el zapatazo; tenía una bolsa en la cabeza y un desabillé de invierno en pleno verano, deseando en realidad tener un traje anti-radiación, siempre alimentando deliberadamente el miedo irracional. Luego de idas y venidas, previendo lo que pasaría, la cucaracha saltó por encima de mi cabeza torpemente y cayó en un lugar indeterminado, pasó lo mismo que había predicho que iba a pasar y mi futuro arrepentimiento. Como era ella o yo, estuve un rato alerta, creí escucharla pero siempre tomé una actitud defensiva, no fui en su busca, me quedé esperando a que apareciese, y no apareció. Me tuve que ir.
La noche siguiente asumí que ya no estaba. Había estado hablando de ella y me había intentado tranquilizar al igual que antes me había querido exacerbar, quería que todo hubiese terminado, como meterse debajo de una mesa a esperar que todo se resuelva solo. Me impuse razones convincentes y traté de olvidarlo. Pude dormir.
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