La noche siguiente estaba en un estado de tranquilidad, un poco ficticia pero tranquilidad al fin. Escuché un ruido sobre el colchón y la vi. La misma que había saltado sobre mi cabeza dos noches antes, la razón de mi exilio, el escalofrío en la espina dorsal. Otra vez la observé antes de ir a buscarla, aún no me había repuesto de toda esa sorpresa irracional pero sabía que ésta era la oportunidad de matarla; sabía que no iba a poder estar en paz hasta que no la supiera muerta y yo tenía que ocuparme de su muerte indefectiblemente. Con repugnancia la vi caminar sobre el colchón y cuando vi el momento propicio no lo pensé y le di el chancletazo. Cayó detrás del colchón. Alejé el colchón de la pared y ahí estaba, viva, pero con el destino sellado. Unos cuantos chancletazos más para ultimarla. Un poco más despatarrada pero entera, quedó ahí tirada. Naturalmente no iba a barrerla ni mucho menos agarrarla con un papel. Tenía que aspirarla. Me relajé, aunque la miraba de vez en cuando porque sentía que la situación aún no había terminado. En efecto, de pronto la vi moverse rápidamente hacia el colchón, y se me desbocaron los sentidos, era como mi peor pesadilla hecha realidad. Le di zapatillazos certeros, no a lo psicópata, pero con firmeza. Y quedó ahí como antes. La miré y me imaginé que nuestro encuentro había sido mucho más aterrador para ella que para mí. Como el elefante que se aterra cuando ve un ratón. Recordé esas cosas que dicen acerca de que las cucarachas serían las únicas (o de las pocas) sobrevivientes en un holocausto nuclear. Y a la vez era tan frágil. Hasta que empezó a mover las patas. Para este momento el terror irracional venía en mí mezclado con asombro. Ya había sufrido cerca de 10 chancletazos y zapatillazos, no a lo psicópata pero con firmeza, y todavía estaba viva. Aplastada y minusválida, en un estado que yo diría irrecuperable, pero aún vivía. Comencé a dudar de su irrecuperabilidad. Comencé a imaginar qué pasaría si la dejaba ahí, abandonada a su suerte. ¿Se recuperaría? Para mí era imposible, pero tan imposible como que aún estuviera viva luego de tantos y tan fuertes golpes. Si yo recibiera la misma cantidad de golpes con un objeto tan grande y contundente para mí como lo es una zapatilla para una cucaracha, estaría muerta. Entonces volví a pegarle unos cuantos zapatillazos más, con la misma intensidad que antes y en mayor número. Pasó un rato y empezó a mover las patas. No iba a morir. Nunca antes había visto organismo más apegado a su vida; no iba a renunciar a ella y resistiría hasta las últimas consecuencias.
21 agosto, 2009
Hoy maté a la cucaracha II
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